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El derecho a sentirte como te de la gana (Parte II)

 

Colaboración Juan (Aprendizaje y vida)

Cuando tratamos de desterrar emociones como la tristeza, la melancolía o la pena, lo que estamos haciendo es sesgar una parte importante de lo que significa ser humano y estar vivo, además de generar una fuente de sufrimiento que nace de la incomprensión de que estos sentimientos nos resultan imprescindibles.
No debemos tener miedo de estas emociones supuestamente negativas por dolorosas, sino que debemos aceptarlas y vivirlas dándonos el permiso de sentirlas con naturalidad. No tiene nada de malo estar tristes o sentir pena, no es una enfermedad, sino que muy al contrario, solo si vivimos intensamente la tristeza podremos vivir igual de intensamente la alegría. No se trata de emociones excluyentes sino complementarias, y para experimentar a fondo una necesitamos experimentar también la otra.

Somos humanos y como tal tenemos el derecho de estar tristes o encontrarnos mal, y esto no significa que seamos unos fracasados, ni unos enfermos, ni unos desgraciados.

Basta ya de tanta discriminación. Basta ya de tratar de desterrar nuestras emociones legítimas y de tanta cultura de búsqueda insana de la felicidad permanente. Como mencionaba en mi anterior post sobre Rocky y mi compañera Ainhoa se encargó de recordarme en los comentarios:

Lo realmente sano y positivo es aceptar que vamos a tropezar, a caer y a sentirnos mal, eso es lo que nos va a permitir levantarnos y disfrutar de la satisfacción de la superación, de la alegría de estar y de sentirnos vivos.

Hace muy poco que tuve uno de esos días en que me encontraba confundido, triste, decaído e insatisfecho (sí, todas al mismo tiempo). Uno de esos días en que, además de sentirme así, no hacía más que darme de narices con mensajes del tipo “ser feliz es posible” , “valora lo que tienes”, “sé positivo”, “descubre lo que quieres” y otros muchos como por ejemplo:

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Pues nada de eso señoras y señores, no pretendo el positivismo ni la felicidad permanentes porque perseguirlos me parece algo sumamente perjudicial por inalcanzable. Porque cuando nos dejamos arrastrar por la cultura de la búsqueda de la felicidad permanente, lo que conseguimos es aumentar nuestro nivel de insatisfacción hasta niveles altamente insanos.

Lo que yo creo saludable y lo que realmente quiero cuando llegan esos momentos es aceptar que estoy confundido y frustrado porque soy un ser complejo e imperfecto que no alcanza a comprenderlo todo,  y permitirme estar triste y decaído porque tengo todo el derecho de estarlo si es así como me siento.

Por unos u otros motivos ese día no supe gestionar mis emociones como debería, y el hecho de no aceptar mi derecho a sentirme así, hizo que mi frustración fuese en aumento hasta que me puse furioso, con lo que logré convertir una emoción en un principio sana, natural y aprovechable, en un sufrimiento totalmente insano, además de opcional.

Para que quede meridianamente claro:

Nadie tiene el derecho de imponerte como debes sentirte, pero tú sí tienes el derecho de sentirte como te de la gana.

La Tristeza y la Furia

Después de toda esta declaración de derechos emocionales que me ha sentado de maravilla, quiero despedirme compartiendo contigo un cuento que guardo en mi baúl de reflexiones, y que habla de todo esto desde el punto de vista de una fábula. Una pequeña joya para quién sepa valorarlo.

Dice así:

“En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta…

En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas.

Había una vez… un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente…

Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.

Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque.

La furia, apurada (como siempre está la furia), urgida -sin saber por qué- se bañó rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua…

Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró…

Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza…

Y así vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calma y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.

Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.

Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad… está escondida la tristeza.”

No te martirices por estar triste y nunca permitas que alguien te diga como tienes que sentirte. Dale la bienvenida a todas tus emociones, acéptalas, abraza sus posibilidades y aprende sus lecciones. Eso es lo realmente positivo, lo realmente sano y lo que realmente vale, porque eso es lo que te acercará a vivir y crecer de verdad.

La vida te sonreirá cuando dejes de pensar que es una mierda, y para eso has de empezar por aceptar en todo momento lo que viene.

Fuente: http://aprendizajeyvida.com/2014/02/17/sentirte-como-te-de-la-gana/#comment-18606